La película europea más cara de la historia cuando se estrenó en 1993. Casi treinta millones de dólares se gastó el alemán Joseph Vilsmaier en recrear la batalla más sanguinaria y decisiva de toda la Segunda Guerra Mundial. Los historiadores a sueldo por supuesto te dirán que no, que como ejemplo de eso están El Alamein, el Día D y en general todo lo sucedido en el frente Occidental. En ese sentido, Hollywood lleva décadas esforzándose por vender como decisivas lo que no fueron más que simples escaramuzas en el contexto de una carnicería monstruosa desarrollada a escala planetaria.

Envalentonado tras derrotar a ejércitos de pantomima y sin querer enterarse de la advertencia que debió haber supuesto el fracaso en el intento de invadir Inglaterra, Hitler se lanzó a la conquista de Rusia siguiendo al pie de la letra las absurdas diatribas que había escupido en Mi lucha. Las consecuencias de no observar la realidad pudieron comprobarse finalmente en “la ciudad de Stalin”, donde se rompió la columna vertebral del ejército alemán, que perdió 500.000 hombres e innumerable material y pertrechos. Un desastre de proporciones bíblicas del que los nazis jamás se recuperaron, obligados desde entonces a combatir a la defensiva mientras los rusos, con tremendos esfuerzos y sacrificios cimentados sobre una disciplina brutal, irían ganando puntos hasta conquistar Berlín y erigirse en superpotencia.

Esfuerzos y sacrificios igualmente afrontados por Vilsmaier y su equipo para levantar la película que nos ocupa hoy, rodando en República Checa y Finlandia bajo temperaturas gélidas y no siempre en las mejores condiciones. Lamentablemente sus ambiciones no se vieron recompensadas y Stalingrado no fue recibida con excesivo interés (servidor de ustedes, que fue a verla al cine, se encontraba prácticamente solo). Hoy muchos fans del cine bélico en vena la consideran un clásico, pero lo cierto que la típica historia de un grupo de soldados viviendo en sus carnes el fragor de la batalla no basta por sí sola para mostrar el desmedido salvajismo de aquel enfrentamiento a cara de perro, donde sólo valía el exterminio del enemigo.

El resultado es que, aunque la cinta se deje ver, peca de una falta de ritmo en ocasiones alarmante, sobre todo en el tramo final. No obstante hay escenas muy bien rodadas, como la del asalto a la fábrica, y los actores están casi todos muy bien. Entre ellos destaca la presencia de Thomas Kretschmann, conocido fuera de Alemania por sus papeles de “nazi majete” en películas como El pianista y que aquí hace precisamente de eso, interpretando a un joven oficial cumplidor del deber pero que siente repugnancia ante las barbaridades de las que es testigo en el frente, las cuales no vacila en denunciar aunque sepa que van a caer en saco roto.

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