El cuarenta aniversario del estreno de esta película es tan buen motivo como cualquier otro para disfrutar de ella (y con ella) una vez más. Clásico indiscutible del cine sobre el que ya se ha dicho tanto que no voy a extenderme con él más de lo imprescindible: mismamente en la Red hay mil sitios donde quien quiera podrá zambullirse en su fascinante historia, la de un filme que parecía abocado al desastre y acabó sentando, junto a Star Wars, las bases del cine mainstream tal como lo conocemos; algo por lo que hay quienes opinan, tal vez no sin razón, que Tiburón trajo más mal que bien.

Dejando eso aparte, no es necesario insistir en lo bueno del resultado final, quizás lo mejorcito de Steven Spielberg debido seguramente a que no controlaba el cotarro tanto como lo haría en posteriores trabajos. Por aquel entonces tito Steven no era más que un neófito que tras sus maneras de meapilas y mojigato escondía una personalidad hipócrita y ambiciosa hasta límites enfermizos, capaz de vender a su padre (tampoco le hubiese importado: siempre le ha culpado del divorcio que marcó su vida y, según él, destruyó su familia) con tal de debutar tras la cámara antes de los veinticinco años. Lo hizo en televisión, a los veintitrés, y cuando los productores de Tiburón le encargaron convertir en éxito cinematográfico un mediocre bestseller literario lo hicieron más que nada porque le vieron lo bastante hambriento como para aceptar semejante trabajo (un marrón en toda regla) a cambio de poco dinero, pues su debut en el cine con The Sugarland Express había fracasado en taquilla y necesitaba reafirmar su carrera con urgencia. No tardaron en arrepentirse, si bien la culpa no era tanto de Spielberg como del escualo Bruce, verdadera estrella del rodaje que durante buena buena parte del mismo ejerció como tal, poniendo a todo el mundo contra las cuerdas con su caprichoso comportamiento. Robert Shaw y Richard Dreyfuss ahogaban su frustración en alcohol y en improperios hacia el director, pero algo debieron ver cuando Shaw pidió un día renegociar su contrato y renunciar a sus honorarios a cambio de un porcentaje de la taquilla, algo a los que los productores, astutamente, se negaron. ¿Y qué más puedo contar? Lo mejor es dejarlo ya para que ustedes se vayan a disfrutar con Tiburón por enésima vez. Porque es de esas películas de las que uno no se cansa nunca. 

“¡Cuidado Steven, tienes al tiburón detrás!”

“Richard, deja de gastarme bromas. Deja de meterte conmigo joder”.

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